Hace dos años, por esta misma época, yo estaba sentada en mi casa viendo televisión. Vi, con una mezcla de extraña emoción e incomprensión, los resultados de lo que en ese momento se consideró como un éxito en la estrategia militar contrainsurgencia colombiana: la Operación Jaque. Con lo que fuera que estos secuestrados hubieran representado para la vida política y pública del país, en ese instante representaron una luz de orgullo y esperanza para una nación cansada de derrotas.
Una vez pasaron la emoción y los hechos, el Gobierno Colombiano recibió varias quejas y demandas internacionales por el uso indebido de simbolos de paz, infracción clara e indiscutible en términos de Derecho Internacional Humanitario y Protocolo de Ginebra. Acusaciones que indignaron a la mayoría de Colombianos, que se sintieron ofendidos en su orgullo patrio y clamaron la relevancia de tan magna operación. Yo, que en su momento me emocioné, no dejo de reconocer la importancia que tiene para la credibilidad del este país, un esfuerzo tan grande. Asimismo, me parece admirable haber logrado una operación tan detallada y cuidadosa en los más mínimos aspectos. No obstante, considero que nuestro cansancio y afán por liberarnos nuestra guerra no puede convertirse en la excusa para justificar el sobrepaso de acciones militares. La justicia, en mi concepto, siempre debe ir siempre en las dos vías; y su búsqueda no puede, bajo ninguna circunstancia, convertirse en el argumento que permita defender la impunidad y y validez de cualquier tipo de acción estatal.
Un tiempo después, los colombianos nos volvimos a llenar de orgullo patrio cuando supimos de un ataque a un campamento de las Farc en donde habían dado de baja a Raúl Reyes. Un golpe militar indiscutible y una muestra de la mano dura prometida por el Gobierno Nacional. El ataque al campamento se hizo en territorio Ecuatoriano, y sea cual fuere nuestra relación con Ecuador hasta el momento, indiscutiblemente fue una violación a su Soberanía. Ese país, en plena actividad de sus derechos presentó una queja formal ante la comunidad internacional, mientras Colombia respondió con argumentos cuestionables y retaliaciones que indicaban que Ecuador estaba apoyando a los grupos armados.
Una cosa es apoyar directamente a los grupos armados, actividad que no pongo en duda en muchos casos y otra muy distinta es que Colombia, una vez más, no asuma la responsabilidad de las violaciones cometidas en su búsqueda de la paz y la justicia. Nos hemos vuelto irresponsables y expertos en auto-justificar nuestros errores cometidos siempre bajo la bandera de la política antiterrorista y el cansancio que tenemos por la guerra que nos aqueja desde hace años.
Nuestras relaciones diplomáticas son cada vez más imprudentes y atropelladas y nos hemos creído el cuento que podemos hacer lo que nos plazca y que la ley internacional no debe aplicarnos cuando se trata de luchar contra las guerrillas. La lucha contra las guerrillas debe ser firme y clara, debemos hacer frente de una buena vez a esta guerra que a veces parece eterna. Pero también debemos ser lo suficientemente país para reconocer nuestros errores, para permitir que la justicia que tanto anhelamos, sea igualitaria y aplicable. Debemos ser humildes en nuestra lucha y reconocer el apoyo que necesitamos. Más importante aún, debemos empezar a entender que, contrario a lo que nos han enseñado, el fin JAMÁS justifica los medios, y menos aún cuando van en detrimento de la aplicación de la justicia y la veeduría de los derechos y deberes que tenemos.