sábado, 14 de agosto de 2010

El Dilema de la Auto-justificación

Hace dos años, por esta misma época, yo estaba sentada en mi casa viendo televisión. Vi, con una mezcla de extraña emoción e incomprensión, los resultados de lo que en ese momento se consideró como un éxito en la estrategia militar contrainsurgencia colombiana: la Operación Jaque. Con lo que fuera que estos secuestrados hubieran representado para la vida política y pública del país, en ese instante representaron una luz de orgullo y esperanza para una nación cansada de derrotas.

Una vez pasaron la emoción y los hechos, el Gobierno Colombiano recibió varias quejas y demandas internacionales por el uso indebido de simbolos de paz, infracción clara e indiscutible en términos de Derecho Internacional Humanitario y Protocolo de Ginebra. Acusaciones que indignaron a la mayoría de Colombianos, que se sintieron ofendidos en su orgullo patrio y clamaron la relevancia de tan magna operación. Yo, que en su momento me emocioné, no dejo de reconocer la importancia que tiene para la credibilidad del este país, un esfuerzo tan grande. Asimismo, me parece admirable haber logrado una operación tan detallada y cuidadosa en los más mínimos aspectos. No obstante, considero que nuestro cansancio y afán por liberarnos nuestra guerra no puede convertirse en la excusa para justificar el sobrepaso de acciones militares. La justicia, en mi concepto, siempre debe ir siempre en las dos vías; y su búsqueda no puede, bajo ninguna circunstancia, convertirse en el argumento que permita defender la impunidad y y validez de cualquier tipo de acción estatal.

Un tiempo después, los colombianos nos volvimos a llenar de orgullo patrio cuando supimos de un ataque a un campamento de las Farc en donde habían dado de baja a Raúl Reyes. Un golpe militar indiscutible y una muestra de la mano dura prometida por el Gobierno Nacional. El ataque al campamento se hizo en territorio Ecuatoriano, y sea cual fuere nuestra relación con Ecuador hasta el momento, indiscutiblemente fue una violación a su Soberanía. Ese país, en plena actividad de sus derechos presentó una queja formal ante la comunidad internacional, mientras Colombia respondió con argumentos cuestionables y retaliaciones que indicaban que Ecuador estaba apoyando a los grupos armados.

Una cosa es apoyar directamente a los grupos armados, actividad que no pongo en duda en muchos casos y otra muy distinta es que Colombia, una vez más, no asuma la responsabilidad de las violaciones cometidas en su búsqueda de la paz y la justicia. Nos hemos vuelto irresponsables y expertos en auto-justificar nuestros errores cometidos siempre bajo la bandera de la política antiterrorista y el cansancio que tenemos por la guerra que nos aqueja desde hace años.

Nuestras relaciones diplomáticas son cada vez más imprudentes y atropelladas y nos hemos creído el cuento que podemos hacer lo que nos plazca y que la ley internacional no debe aplicarnos cuando se trata de luchar contra las guerrillas. La lucha contra las guerrillas debe ser firme y clara, debemos hacer frente de una buena vez a esta guerra que a veces parece eterna. Pero también debemos ser lo suficientemente país para reconocer nuestros errores, para permitir que la justicia que tanto anhelamos, sea igualitaria y aplicable. Debemos ser humildes en nuestra lucha y reconocer el apoyo que necesitamos. Más importante aún, debemos empezar a entender que, contrario a lo que nos han enseñado, el fin JAMÁS justifica los medios, y menos aún cuando van en detrimento de la aplicación de la justicia y la veeduría de los derechos y deberes que tenemos.

Boom

Mi despertador había sonado más temprano de lo usual. 5:30 am para ser más exactos. Lo reprogramé para que sonara a las 6:30am. Me sumergí entre las cobijas y en menos de un instante los vidrios y las paredes de mi cuarto se estremecieron con una explosión que no parecía sonar muy lejana. Yo, que crecí cercana a las épocas duras de la violencia en Medellín, tengo esta habilidad que tenemos los de mi generación de lograr identificar a distancia una bomba, un disparo, pólvora o un transformador.

Corro, busco la ventana grande de la sala de mi casa para lograr entender, en medio del adormecimiento, lo que me despertó. Y la veo de frente, la columna de humo que se abre paso entre los edificios. Me aseguro a mi misma que ese fue un sonido inconfundible de una bomba. Y ahí, en ese instante empiezan los sonidos de las ambulancias. En pocos segundos los canales se inundan de las noticias y los reportes del atentado que sucedió. Mi celular no para de sonar. Y el alma y el estómago no parecen ser ajenos a esa sensación extraña de desprotección, de incomprensión ante la inhumanidad que nos rodea.

Un carro bomba, puesto a las 5:30 de la mañana en una de las cadenas radiales más importantes de este país. Un hecho, a todas las luces en búsqueda de un impacto mediático y de difusión de terror.

Ante los hechos ocurridos el mensaje fue claro: no vamos a dejar que nos "agüen la fiesta", esto lo limpiamos y vamos a seguir como si nada hubiera pasado, vamos a hacer un llamado a los colombianos para que sigan con sus actividades normales porque "afortunadamente" no hubo muertos o no les vamos a dar gusto dándole importancia a este hecho.

Yo confieso que a mi la piel se me eriza cada que oigo alguna de estas frases. Y considero que son mensajes que solamente buscan exacerbar esa cultura amnésica que tenemos. Hay que repudiar, hay que solidarizarnos, hay que enfrentar los hechos, hay que convocar a la población y protegerla de su vulnerabilidad. No hay que disminuir el impacto ni aumentarlo, hay que reconocerlo.

Más importante aun, hay que contrarrestar la difusión del terror dando mensajes claros a la población, haciendo frente y repudiando los hechos. Un mensaje claro de posición antiterrorista no debe basarse en una superioridad militar, debe ser, en cualquier caso, un mensaje de unidad nacional de rechazo y acciones conjuntas para esclarecer y prevenir todos los hechos que lo puedan desencadenar.

lunes, 31 de mayo de 2010

El País del Sagrado Corazón

Desde ayer, que supe de los puntajes devastadores en las elecciones presidenciales en Colombia, (inesperados y sorpresivos para muchos, reafirmadores para otros), he leído y escuchado cualquier cantidad de puyas y consideraciones sobre la veracidad de los resultados. Todas las redes sociales de las que hago parte se han inundado de mensajes de vergüenza y dolor por esta patria sin memoria. Yo misma me avergoncé de trabajar para un país de amnésicos y me latió rápido el corazón mientras veía, sin fe, cada boletín que salía. He analizado las posibilidades de cada una de esas quejas sobre la validez de los resultados y los fraudes cometidos a lo largo y ancho del territorio.

Yo, que trato de evitar publicar y difundir mis posturas políticas, ayer me sentí avergonzada, y aún lo hago. Sin embargo, creo que el problema va más allá de las prácticas fraudulentas que tergiversaron los resultados. Hoy, creo que los resultados son, además, el verdadero reflejo de lo que quiere y pide esta nación.

Actualmente trabajo con el gobierno y desde ahí he podido identificar una cantidad de prácticas (que no son secretas para nadie) que en mi concepto van en detrimento del progreso y desarrollo que todos los Colombianos dicen querer y necesitar, eso, claro está, sin dejar de reconocer ciertos logros ineludibles a los ojos de cualquiera. Llevamos años quejándonos de lo que se hace mal y de lo corrupto. Hemos sido testigos de las peores formas de violencia. Nos hemos indignado ante los medios de comunicación cuando nos presentan los escandalosos informes de crisis de corrupción de las instituciones estatales. Hemos vivido crisis económicas y sociales y nos hemos visto inmersos en varias crisis de gobernabilidad desatadas por diferentes causas que encuentran su fundamento en el terrorismo, la corrupción, el narcotráfico y otras malas prácticas de aprovechamiento del beneficio individual. Más importante aún, durante los últimos años hemos creído en un cambio y hemos decidido tener acción y opinión en las coyunturas que se nos presentan diariamente.

Asimismo, este país aparentemente ha levantado su voz para gritar, los últimos años, que quiere y necesita un cambio. Pero hoy me levanto convencida de que somos víctimas de nuestra propia idiosincrasia, gracias a la cual no estamos dispuestos a arriesgar nuestras posiciones cómodas (o conocidas) por aventurarnos a generar un cambio radical que le permita a este país salir del atranco en el que se encuentra. Este país no está dispuesto a apostarle como es debido a un trabajo conjunto por el cambio y el progreso.

No pienso detenerme a hablar sobre los logros o desaciertos del Gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Ciertamente, considero que dentro de este gobierno se logro posicionar nuevamente el Estado y sembrar las bases para bien labrar un camino hacia el desarrollo social o bien para perpetuar las lógicas violentas y corruptas que nos caracterizan.

Yo no voté ayer por Antanas Mockus, pero tengo suficientemente claro que prefiero apostarle a un cambio radical, que de paso fomente una revolución cultural, que a una continuidad que nos obligue a reafirmar el beneficio individual sobre el colectivo en vez de sembrar semillas de conciencia ciudadana y respeto por la ley.

Sin embargo, cuando converso con mi papá, con el señor del taxi o cualquier amiga me doy cuenta de que yo no hago parte de la mayoría de este país. Todos aquellos que se vanaglorian de querer un cambio y erradicar de una buena vez “el problema” de Colombia, realmente no están dispuestos a apostarle a la paz y la convivencia que todos necesitamos. Todos aquellos son quienes creen que esa es una labor exclusiva de las Fuerzas Militares y que la solución mesiánica a todos nuestros aconteceres está íntimamente ligada a una continuidad de prácticas, a veces represivas, a veces opresivas, a veces terroristas, a veces injustas y en la mayoría de los casos, inmediatistas que no atacan las verdaderas causas y parecieran no reconocer la realidad de este país. Los colombianos no hemos podido entender que el problema no radica en silenciar las armas y que su solución no encuentra cabida exclusivamente en la recuperación militar del territorio (claro está, sin dejar de reconocer la importancia de estos aspectos). Tampoco queremos entender que una nación requiere de un ejercicio de derechos y deberes democráticos que no solo competen a asistir un domingo a votar, aun cuando la mayoría ni si quiera lo cumplen.

Entonces hoy me levanto y lo entiendo bien: este país tiene lo que quiere, y lo tendrá en la Segunda vuelta electoral. Este país pide y exige la continuidad de todas esas escandalosas prácticas que hoy parece no conocer; exige, además, una dureza militar que no va propiamente acompañada de, y tampoco termina por causar, un proyecto de desarrollo social. Al final del día, este país es víctima de su idiosincrasia que legitima las prácticas violentas como la única forma de resolver lo que nos pasa.
Y habrá continuidad, de eso estoy completamente convencida.

martes, 8 de diciembre de 2009

Just Talk

Just Talk es una iniciativa personal en búsqueda de contrarestar la amnesia y la resignación. Es un compromiso con la idea de que la paz solamente se logra a través de procesos de concertación y negociación. Procesos tal vez dolorosos y largos, pero al final, sostenibles.

Una conversación genuina consiste en un proceso profundo de intención de escucha y entendimiento, de encuentro con los valores y principios. Una conversación genuina busca entonces que se tome responsabilidad por los actos y acciones en aras de tomar decisiones objetivas e incluyentes. Así, Just Talk es un espacio conciente de manifestación de opiniones claras, en donde, sin pretenciones, se puede buscar proponer y expresar todas esas angustias de nación que tenemos adentro.